Cuando las cosas sencillas son lo que más valoras en la vida

Pierre Dupont era hijo de una familia de clase noble. Su padre, fallecido, regentaba el título de marqués, que heredó posteriormente Pierre. Vivía en París, donde trabajaba, aunque tenía casas repartidas por todo el mundo. Persona a la que le habían inculcado los valores de la perseverancia, el trabajo y el saber estar, se dedicaba a la abogacía, y su despacho representaba a los más ilustres clientes.

Gran parte de su éxito empresarial fue porque trabajaba todos los días sin descanso. Para él no existían los días libres. Aun así formó una gran familia. Se casó con Sophie, una bellísima hija de diplomáticos italianos y tuvieron a cinco hijos a los cuales adoraba.

Se fue haciendo mayor  y sus hijos llevaban ya la mayor parte del peso del trabajo, aunque la experiencia que había adquirido Pierre no la podían igualar, por lo que los ayudaba en las decisiones importantes.

Sin embargo le llegó el más temible de los males para una persona mayor. El Alzheimer. Se resignaba a ser derrotado y puso todo su empeño en salir victorioso, aunque por desgracia, todos sabemos que esa lucha está perdida.

Con el paso del tiempo, la enfermedad se fue agravando y dejando a Pierre más indefenso ante la vida. Había comido en los mejores restaurantes del mundo, había asistido a las fiestas de los más ilustres mandatarios, había disfrutado de los mayores lujos que alguien pudiese imaginar, y ahora apenas podía leer el periódico del día.
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Ya acostado en la cama, cuando la enfermedad se hizo más fuerte aún, su hijo mayor se sentó con él una noche para ayudarlo en su agonía. – Papá, ¿qué es lo que  te ha hecho más feliz? Pierre se quedó un poco dubitativo, aunque le vino ese momento de lucidez que llega en los momentos finales – la lluvia hijo, la lluvia. Después de todo lo que he vivido, siempre que he hecho algo ha sido por la responsabilidad del trabajo. Cuando era pequeño y llovía tanto que no podía ir a la escuela, me escapaba por una ventana y me ponía a correr bajo la lluvia. No tenía responsabilidad, no tenía nada que hacer, solo vivir y ser feliz.

Historia por: Antonio Torrero