Les dijeron que tenía una deficiencia, optaron por un camino diferente y triunfaron

Manuel Jiménez nació en una familia trabajadora, de padre camionero y madre cajera de supermercado. Tuvo una infancia difícil. Sus padres, de bebé, veían que no comprendía cuando le hablaban, que no entendía las situaciones que veía. Siempre estaba en un mundo aparte y sufría ataques de pánico cuando alguien se acercaba a tocarlo. Manuel sufría autismo.

Los niños que padecen autismo presentan un déficit de comunicación que afecta también al desarrollo del lenguaje. Estas personas no son capaces de entender lo que miran, lo que escuchan y en cierto modo lo que sienten.

El amor de sus padres nunca le faltó. Es muy curioso ver como las familias ante estas situaciones se unen más todavía. Acudieron pronto a un centro de autismo para que ayudasen a su hijo y ahí pronto vieron el potencial de Manuel. Tenía una mente privilegiada, más coeficiente intelectual que muchos de los niños de su edad, aunque no era capaz de expresarlo. Sin embargo comenzaron a probar un sistema de aprendizaje alternativo.
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Él se educó en centros especiales mediante el uso de sistemas alternativos y aumentativos de comunicación (SAAC), que le ayudaron a relacionarse tanto con personas conocidas como desconocidas. Al principio unos simples juegos le enseñaron a hablar y operaciones matemáticas sencillas. Luego le permitieron adquirir una educación básica y finalmente comenzó la universidad a distancia, acabando finalmente por asistir a clases presenciales sin ningún tipo de problema. ¡A través de la comunicación  con un ordenador había aprendido que la comunicación con las personas es esencial, y sus ataques de pánico habían remitido!

Manuel acaba de licenciarse en Estadística, siendo de los primeros de su promoción y le llueven las ofertas de trabajo.

“Siempre le estaré agradecido a mis padres porque supieron ver que mi autismo no era un problema, sino que simplemente yo tenía que seguir un camino diferente al de las otras personas”. Manuel Jiménez.

Historia por: Antonio Torrero