Una historia para contar a tus hijos si no puedes darles el juguete que anhelan

Luís era un chico alegre y juguetón que iba a la escuela primaria. Tenía muchos amigos y una familia que lo quería con locura. Era hijo único, y sus padres se preocupaban porque no le faltara de nada. Era un poco caprichoso, como un niño que era y le gustaban todos los juguetes nuevos.

Llegaban las navidades. Tiempo de ilusión, de familia, de compartir y para los pequeños de la casa, tiempo de juguetes nuevos.

Luís escribió la carta con mucha antelación. Tenía una ilusión inmensa porque llegara la noche de los reyes magos.

Esa tarde fue con sus padres a ver la cabalgata de reyes. Cogió muchos caramelos y golosinas y pronto se volvió a la casa esperando ansioso la mañana siguiente.

Como cada año, fue el primero de la casa en despertarse. Corrió hacia la cama de sus padres y los empujó a la chimenea, la cual estaba repleta de paquetes sin abrir.

Le regalaron un balón nuevo, colores para el colegio, un jersey…sin embargo, él empezó a llorar. Tenía la ilusión de que este año le regalaran una bicicleta, cosa que no pudo ser.

Los reyes magos

Sus padres, al ver que había perdido la ilusión se sintieron muy mal. Creían que le habían fallado y su padre fue a hablar con él.

-Oye Luís, ¿qué pasa, no te han gustado tus regalos?

-¡No! Yo quería que me trajeran la bicicleta. He sido bueno  para nada. – dijo enrabietado.

-Es cierto, has sido bueno, pero te voy a contar una historia. ¿Tú sabes que “Melchor”, para ponerte sus regalos trabaja muchas horas para un hombre que no lo trata bien?  Y el rey “Gaspar”, además de limpiar la casa, se tiene que ir a limpiar las casas de los demás para poder darnos de comer. Aunque el que más mérito tiene es el viejecito “Baltasar”. Este, para dejar lo que ha dejado, lleva todo el año arañando la paga de jubilado. Espero que ahora entiendas la magia de estos reyes. Espero que ahora aprecies lo que te trajeron.

Luís se limpió las lágrimas y besó a sus padres. Y ya nunca dejó que sus caprichos primaran en sus sentimientos.

Historia por: Antonio Torrero